Mujer sentada en silencio en el porche de una casa, frente al atardecer, rodeada de hibiscos
El nuevo Ho'oponopono

Lo que queda cuando ya lo has soltado todo

Si lo prefieres, escúchalo narrado en vez de leerlo

Si has soltado a quien te hizo daño, si has perdonado y has dicho tus palabras gatillo una y otra vez, y aun así hay noches en que esa herida vuelve a doler como el primer día, lo que te falta es el silencio y la quietud.

Te lo digo porque lo he vivido. Durante mucho tiempo pensé que soltar era suficiente. Dices tus palabras, haces tus ejercicios, sientes el alivio, y a los pocos días, cuando menos te lo esperas, una canción en la radio o una frase de alguien te devuelve de golpe al mismo sitio. Y entonces aparece la culpa: si ya lo he soltado, ¿por qué me sigue doliendo?

El poso del café

Taza de café vacía con el poso en el fondo, junto a un hibisco y dos flores de plumeria

Piensa en una taza de café. Te lo bebes entero, la taza queda vacía, y en el fondo sigue estando el poso, esa mancha oscura que no se va por mucho que le des la vuelta a la taza.

Con las heridas pasa exactamente eso. El sufrimiento se puede soltar, y se suelta. Las palabras gatillo, la goma de borrar, el vaso de agua, todo lo que ya conoces sirve para eso y sirve de verdad. Pero cuando el sufrimiento se va, deja su marca dentro, y esa marca sigue ahí aunque tú ya hayas perdonado de corazón. Es lo que hace que una mujer que ha soltado a su ex siga encogiéndose cuando oye un portazo. O que la que ya hizo las paces con su madre sienta un nudo en el estómago cada vez que suena el teléfono.

Soltar y vaciar son dos pasos distintos. Soltar es dejar ir el sufrimiento. Vaciar es limpiar lo que ese sufrimiento dejó dentro. Y para vaciar hace falta algo que casi nunca nos damos: un rato de silencio y de quietud. Por eso los dos son parte del nuevo Ho'oponopono.

Por qué cuesta tanto quedarse callada

Haz la prueba hoy mismo. Siéntate unos minutos sin móvil, sin tele, sin nadie hablándote. Al poco rato la cabeza empieza a llenarse sola: lo que tienes pendiente, la factura de la luz, la conversación que tuviste hace tres días, lo que te dijeron y lo que tú te callaste. Y entran unas ganas enormes de levantarte a hacer cualquier cosa, de poner una lavadora, de mirar el móvil, de lo que sea.

Lo que nos cuesta aguantar es lo que sale cuando nos callamos.

Por eso vivimos rodeadas de ruido. La tele encendida aunque nadie la mire, la radio en la cocina desde por la mañana, el móvil en la mano en cuanto hay diez segundos libres en la cola del súper. Todo eso tapa. Y lo que tapas sigue debajo, esperando, hasta la próxima canción en la radio.

El silencio quita la tapa. Al principio puede asustar un poco, porque sube lo que llevabas tiempo guardando. Pero cuando lo dejas salir y lo dejas pasar, se va de verdad, y deja sitio. Ese sitio vacío es el que luego se llena de calma, de amor y de todo lo bueno que llevas tiempo pidiendo.

Mujeres que buscaron la quietud

No eres la primera que busca este camino, ni mucho menos.

Hace unos tres mil años, una mujer llamada Ana entró en un santuario a rezar. Lo hacía en silencio, moviendo los labios sin que se le oyera la voz, y el sacerdote que la vio la tomó por borracha y la reprendió delante de todos. Ella le contestó que no había bebido, que estaba derramando el alma.

En el siglo XVI, en Guadalajara, detuvieron a una mujer llamada Isabel de la Cruz. No tenía estudios. Enseñaba a otras personas a dejarse, que era como ella llamaba a soltar la voluntad y quedarse en la quietud. La tuvieron cinco años encerrada.

Un siglo después, en Francia, Jeanne Guyon pasó casi ocho años presa (más de cuatro de ellos en la Bastilla) por escribir sobre la oración en silencio.

A muchas mujeres que buscaban la quietud se las miró con sospecha, se las señaló o se las encerró. Y eso te hace preguntarte algo. ¿Por qué en todas las épocas ha molestado tanto una mujer en silencio? ¿Y por qué hoy todo está pensado para que tu mente no pare nunca, con notificaciones, pantallas y prisas desde que abres los ojos hasta que te acuestas?

Yo creo que la respuesta es sencilla. Una mente llena de ruido sigue atada a su dolor, y una mujer que sufre es más fácil de manejar. Una mujer que se vacía recupera su poder; y una mujer con su poder ya no se deja llevar por nadie.

Lo que puedes hacer hoy

Mujer sentada en la arena bebiendo un vaso de agua frente al mar al atardecer

Hoy te propongo esto. Cuando termines de decir tus palabras gatillo, quédate diez minutos en silencio. Donde tú estés, en tu casa o en el sitio donde te sientas más cómoda, con los ojos abiertos y la mirada al frente, en las nubes, en los árboles o en lo que tengas delante.

Cuando te aparezcan los pensamientos, déjalos pasar como pasan las nubes, sin pelearte con ellos, y vuelve a ti. Van a aparecer, y muchos. Es normal, y no significa que lo estés haciendo mal. Cada vez que vuelves, te estás eligiendo.

Al terminar, bebe un vaso de agua.

Y si algún día lo que sube te pesa demasiado, no lo cargues sola. Cuéntaselo a alguien de confianza.

Te mereces ese ratito. Tú también.

Nos seguimos encontrando en el Círculo de Mujeres Ho'oponopono.

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